He vivido en Tabasco desde hace mucho tiempo. La imagen de la transición del DF a Tabasco me es borrosa. No recuerdo mucho de la mudanza, aunque sí la imagen de cuando era un sedentario del DF. Iba a un kinder cerca de mi casa donde una de mis compañeritas era hija de un policía. Un buen día la chamaca se pegó un putazo o algo así y a la mañana siguiente ya estaba clausurado el lugar. Ese día aprendí una cosa que me quedó muy marcada: el significado de "clausurar". No es el punto.
Yo viví aproximadamente los primeros cuatro o cinco años de mi vida exclusivamente en el DF. Aquí conseguí mi primera consola, un flamante Nintendo 64 con Super Mario 64 incluido. Pero lo más importante que perdura hasta el día de hoy son los tamales oaxaqueños. Así es. Digo, no los como, no me gustan muchos los tamales. A lo que me refiero es al pregón que pasa todas las noches, puntualmente anunciando los "ricos y deliciosos tamales oaxaqueños". Un cantar urbano impregnado de la ciudad.
Todas las noches, rondando la misma hora, pasa un vendedor de tamales anunciándolos a los cuatro vientos con su sonoro "acérquese y pida sus ricos tamales oaxaqueños". Desde hace trece años, tiempo que llevo con conciencia, es la misma historia.
No es algo que escuche en Villahermosa o Houston, ni en cualquier otra ciudad que haya visitado. Para mí, por lo menos, es una de las auténticas delicias auditivas de venir, como cada seis meses, al Distrito Federal. Algo tan de acá. Tan de mi colonia Del Valle que puedo apreciar cada noche mientras el suelo se tambalea ligeramente bajo mis pies por el paso de los trailers en el Eje 6 Sur.
Es un hombre, un fantasma, que pasa en su triciclo vendiendo tamales cada día del año sin perder la jornada de su consetudinuaria labor: vender tamales. Parece que el clima se acomoda a su favor ya que generalmente a su hora, entrada la noche, el cielo es calmado y todo sereno.
Yo nunca le he visto. No acostumbro asomarme a la ventana si no es por alguna ambulancia que resuene o visita que espere. Pero oírlo es un deleite. No uno que provoque reacciones orgásmicas, no. Más bien como el de respirar. Respirar con calma. La satisfacción de estar aquí y estar en paz. Inconcientemente lo relaciono con las vacaciones y le doy un sinónimo de placer.
Es un hombre, un fantasma, que pasa en su triciclo vendiendo tamales cada día del año sin perder la jornada de su consetudinuaria labor: vender tamales. Parece que el clima se acomoda a su favor ya que generalmente a su hora, entrada la noche, el cielo es calmado y todo sereno.
Yo nunca le he visto. No acostumbro asomarme a la ventana si no es por alguna ambulancia que resuene o visita que espere. Pero oírlo es un deleite. No uno que provoque reacciones orgásmicas, no. Más bien como el de respirar. Respirar con calma. La satisfacción de estar aquí y estar en paz. Inconcientemente lo relaciono con las vacaciones y le doy un sinónimo de placer.
También es usual que vaya a visitar al resto de mi familia que vive en esta desmesurada ciudad. Encaminarse hacia el Ajusco, pasar por Ciudad Universitaria, aventurarse por los alrededores del Pedregal y no recuerdo el resto de las calles. En contadas ocasiones he podido escuchar al tamalero en esos rumbos. Quizá no estaba en la hora correcta, pero cuando le escucho por aquellos lugares me asaltan una avalancha de preguntas que inundan mi cabeza.
¿Será el mismo tamaleroman? ¿en realidad son tamales del mero Oaxaca? ¿quién mantiene ese negocio? Porque si ustedes han venido a la Ciudad de México, seguro ya lo escucharon. Y es el mismo maldito cantar. El mismo maldito eslogan: "lleve sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños. Ya llegaron sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños. Pida sus tamales oaxaqueños calientitos". Alguna que otra pero tenue variación encuentro a través de mis rutas.
¿Será el mismo tamaleroman? ¿en realidad son tamales del mero Oaxaca? ¿quién mantiene ese negocio? Porque si ustedes han venido a la Ciudad de México, seguro ya lo escucharon. Y es el mismo maldito cantar. El mismo maldito eslogan: "lleve sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños. Ya llegaron sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños. Pida sus tamales oaxaqueños calientitos". Alguna que otra pero tenue variación encuentro a través de mis rutas.
Nunca he podido apreciar que alguien compre un tamal. Al caso uno al año, pero nada más.
Y ya sé que les dije que no le he visto ni la sombra, pero claramente escucho esa persistente grabación a la distancia. Y oigo como se va acercando. Y se acerca, se acerca, el volumen va aumentando de manera lineal hasta que finalmente pasa en el punto más cercano a mi posición e inversamente empieza a disminuir su eco, de manera lineal, como si nunca se detuviera por algún comprador interesado. Yo no sé si es un negocio rentable, pero bien perseveran con los años, si no es que tengan algún otro negocio y ese sea un hobby. Una diversión que además alimenta doblemente la cultura de mi oriunda ciudad y las barrigas de los mexicanos panboleros.
Otra cuestión que perturba y sucumbe mi imaginación es: ¿por qué la misma voz siempre? ¿y la entonación? Siempre iguales, exactas. Da miedo. He llegado a pensar que esa voz que asalta las calles y se envuelve con la atmósfera nocturna es alguna fase alfa perdida de Loquendo. Es sorprendente como se mantiene aquella misma copla que llena las sórdidas periferias para cumplir las tan ansiadas ventas.
Otra cuestión que perturba y sucumbe mi imaginación es: ¿por qué la misma voz siempre? ¿y la entonación? Siempre iguales, exactas. Da miedo. He llegado a pensar que esa voz que asalta las calles y se envuelve con la atmósfera nocturna es alguna fase alfa perdida de Loquendo. Es sorprendente como se mantiene aquella misma copla que llena las sórdidas periferias para cumplir las tan ansiadas ventas.
¿Habrán comprado todos los tamaleros el mismo cassette? además ¿qué dispositivo usan para reproducirlo? Por ello digo que deber ser todo un monopolio oculto de tamales. O todo solamente es un modo de ganarse la vida en el que han desembocado por la misma vertiente. Quizá se ponen de acuerdo, ustedes saben, algo así como la Asociación de Tamaleros Oaxaqueños.
No encontré mucha información al respecto.
Los tamales oaxaqueños no cambian. Su eco retumba en mis recuerdos, y se hace presente como un bien acostumbrado, como parte imprescindible pero usual del folclor chilango. Es aquélla complacencia que no degusto, mas disfruto en su ritual de lo habitual. Forma una leyenda, un elemento de la mitología moderna donde su presencia me recuerda a ésta, mi ciudad tan querida.
